La
doctrina de la Seguridad Nacional diseñada
por el Pentágono fue el sustento del terrorismo
de Estado desplegado por las dictaduras contra
el “enemigo interior” en las décadas
del 70 y 80 del siglo pasado. El neoliberalismo
sostuvo la democradura de los años 90 al
amparo de la cual se siguieron violando los derechos
de los ciudadanos que pensaban diferente.
Los delitos de lesa humanidad no son patrimonio
exclusivo de las dictaduras. La tortura,
el asesinato, el genocidio, los secuestros, las
desapariciones forzadas, las ejecuciones sumarias,
el exilio y confinamiento, la corrupción
y el enriquecimiento ilícito continuaron
en la democracia.
Una vez derrotadas las dictaduras,
el pueblo confió en que sus dirigencias
políticas harían justicia. Pero
algunos líderes de la joven democracia,
muchos de ellos antiguos funcionarios de los regímenes
de facto, crearon modernos mecanismos de impunidad
en el Estado de Derecho para proteger a sus antiguos
jefes.
Juzgaron a muy pocos responsables
de los crímenes cometidos en la dictadura
(se cuenta más de medio millar de asesinatos
y desapariciones forzadas, cerca a cuatro mil
detenidos y millares de exiliados, además
de las detenciones indebidas cotidianas en los
gobiernos de Hugo Bánzer Suárez,
Alberto Natuch Busch y Luis García Meza.
La anomia gubernamental obligó
a la sociedad a organizar el Tribunal Permanente
de los Pueblos, instancia ética internacional
creada para juzgar a los Estados “democráticos”
que perdonaron a genocidas y torturadores. En
1991, el Tribunal inhabilitó moralmente
a Hugo Banzer para que participe nuevamente en
instancias de gobierno. Pero con el 23% de los
votos, Banzer volvió a la presidencia en
1997 y de esta forma quedaron impunes los crímenes
de la dictadura de 1971-78.
Por eso a la sociedad toda y a
las víctimas hambrientas de justicia solo
les quedan sus “batallas de la memoria”
para que la historia no se olvide;
la permanente lucha por la justicia, de gran valor
simbólico en el debate con las nuevas generaciones
acerca de un pasado que no acaba de pasar.
Combatir a la impunidad
es parte de la lucha por la justicia social,
esa lucha por la que miles de militantes y trabajadores
fueron torturados y asesinados. No se trata de
vengar a Marcelo Quiroga, Luis Espinal o José
Carlos Trujillo, sino expiar los fantasmas de
miles de hogares quebrados por la persecución
política y la tortura física, los
temores de cientos de familias que perdieron a
sus seres queridos y de los pueblos indígenas
que fueron exterminados.
Mantener la memoria y
no olvidar el pasado ilumina el presente,
sentencia Adolfo Pérez Esquivel. No interesan
los mendrugos que caen de la mesa de los opulentos
o las dádivas con las cuales el Estado
pretende reparar los daños, añade
el historiador Igor Goicovic Donoso: “La
única reparación real y legítima
tiene que ver con un proyecto colectivo de transformación
de la sociedad (…) tiene que ver con el
movimiento popular y sus luchas; tiene que ver
con reparar los sueños y las utopías”.
Que quede claro, buscamos
justicia y no venganza. Habrá
reconciliación en un sentido profundo cuando
se recomponga lo violado y cuando los asesinos
del pueblo se arrepientan
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