En
la lucha actual por la justicia en Bolivia no
se puede ignorar el tema del racismo y la discriminación
basada en la etnicidad que han sido parte
de las estructuras de poder desde hace siglos.
Walter Solón Romero fue
uno de los artistas bolivianos que se ocuparon
de esta problemática desde muy temprano.
Su mural referido a la historia de Bolivia pintado
en Sucre en 1950 que destaca figuras indígenas
como protagonistas centrales causó un escándalo
en las elites de la sociedad boliviana. En ese
año los indígenas no podían
caminar siquiera por la plaza Murillo de La Paz.
Solón continuó colocando
figuras indígenas en el centro de su arte
con, por ejemplo, sus “amates” (pinturas
en la corteza de árbol) y su serie La Conquista
Interminable que marcó 500 años
de resistencia indígena frente a la conquista
española.
La discriminación
racial en Bolivia está enraizanda en la
cultura y sociedad. La “pigmentocracia”
que deviene desde la época colonial, una
forma discriminación fundada en el color
de la piel, al principio se tradujo en brutales
masacres de poblaciones enteras y en la destrucción
de culturas milenarias y después facilitó
el control.
Los conquistadores españoles
establecieron una división social general
que pervive hasta hoy: por un lado grupos mayoritarios
de indígenas, negros y mestizos, la mayoría
de ellos trabajadores o desempleados, productores
agrarios, jornaleros, vendedoras ambulantes, comerciantes,
empleadas domésticas; y por otro lado una
próspera minoría occidentalizada,
educada, patronal, ubicada generalmente en estratos
de poder y de decisión.
Este proceso fue apoyado por una
ideología que avalaba la idea de superioridad
de la raza blanca y europea, y la fuerte convicción
de segregación racial y étnica fundamentada
en ideas religiosas y otras provenientes de la
propia ciencia. Estas diferencias se han
constituido en la médula de la organización
social latinoamericana y caribeña que pervivieron
después de la salida de la corona española.
La discriminación todavía determina
muchas relaciones sociales y económicas.
Según muchos estudios, las comunidades
indígenas continúan más empobrecidas,
con más altos índices de analfabetismo,
menos acceso a servicios de salud y falta de representación
en los niveles de poder que sus compatriotas mestizos.
El trabajo que realizó
la Fundación Solón apoyando la campaña
por los derechos de las trabajadoras del hogar,
casi todas mujeres indígenas, reveló
la existencia de discriminación racial.
Varias encuestas demostraron una fuerte resistencia
cultural de los grupos empleadores —sobretodo
de las mujeres empleadoras—al concepto de
igualdad en los derechos humanos y económicos.
En enero 2007, los enfrentamientos en Cochabamba
cuando algunos jóvenes de clase media atacaron
a campesinos e indígenas con un retórica
racista reveló que aun con (y tal vez en
parte a causa de) un Presidente indígena
en el poder, el racismo sigue presente en la sociedad
boliviana.
La Fundación Solón,
como su fundador, está comprometida en
atacar el racismo y la discriminación neocolonial
en la sociedad y las estructuras del poder. Reivindicamos
el papel fundamental en la historia de los movimientos
indígenas en su búsqueda de justicia,
recuperando y amplificando sus demandas y propuestas
para una cultura de diversidad, tolerancia y igualdad.
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