Teóricamente,
los tratados de libre comercio propuestos por
los países industrializados del Norte a
las naciones en desarrollo del Sur buscan ampliar
el comercio mundial rebajando y posteriormente
eliminando aranceles y otras barreras que complican
el libre intercambio de mercancías. Sin
embargo, estos acuerdos (TLCs diversos, ALCA,
pactos de la OMC, etc) trascienden el campo económico
y se convierten en herramientas políticas
de dominación de los más fuertes
sobre los débiles.
Si en una época no muy
remota los imperios se edificaban a sangre y fuego,
se puede decir que en la actualidad éstos
avanzan conquistando mercados y eliminando a los
competidores de las naciones rezagadas.
Por ejemplo, el Tratado
de Libre Comercio (TLC) que Estados Unidos
negocia en todo el hemisferio –luego del
fracaso de su proyecto imperial Area de Libre
Comercio de las Américas (ALCA) –
es algo más que un acuerdo comercial. Podría
decirse que es un pacto de carácter
político cuyo objetivo es afianzar la hegemonía
norteamericana en todo el Continente
en los campos productivo, comercial, financiero,
científico, tecnológico e ideológico,
en la perspectiva de contrarrestar la creciente
influencia de la Unión Europea y los gigantes
asiáticos.
Los acuerdos comerciales que surgen
en esta nueva etapa de la historia caracterizada
por la aparición de imperios económicos
privados –que convierten al libre comercio
en una entelequia– lejos de inspirarse en
propósitos de fomento productivo y diseminación
del progreso, pretenden asegurar la libertad
de movimiento y las máximas ganancias para
las corporaciones transnacionales y,
en contrapartida, reducir aún más
la soberanía de los Estados nacionales.
Los objetivos centrales de estos
acuerdos comerciales no son otros que elevar al
plano constitucional las reglas del libre mercado
en todos los países, profundizar la expoliación
de su fuerza laboral y recursos naturales, privatizar
el conocimiento y extender el neoliberalismo como
la religión oficial del planeta.
En otras palabras, los acuerdos
comerciales son una especie de constituciones
económicas que imponen un orden económico
neoliberal ideado por el denominado Consenso de
Washington que abarca desde los alimentos y servicios
públicos esenciales hasta reglas para la
privatización de la vida misma.
La tarea de la Fundación
Solón no se limita a cuestionar esta ideología
aún dominante sino apoyar e impulsar a
los sectores sociales que superan la crítica
para formular propuestas alternativas. Somos
conscientes de que la mayor debilidad del momento
es la falta de utopías, la falsa
creencia de que no hay otros caminos y derroteros
y la pérdida de confianza de la propia
humanidad en su capacidad de autodeterminación,
pero seguimos creyendo en el instinto de transformación
y superación de los seres humanos, y por
lo tanto en su capacidad de construir alternativas.
El modelo que buscamos
¿Cómo tendría
que ser el modelo alternativo de integración
comercial que pretendemos construir desde abajo,
desde el seno de la sociedad civil? Buscamos un
Comercio Justo y Solidario en
el marco de una integración solidaria de
los pueblos –no acuerdos que anteponen el
intercambio mercantil a cualquier otra relación
entre las naciones–, con reglas subordinadas
a convenios internacionales sobre medio ambiente,
salud, cambio climático, derechos laborales,
culturales y todos los acuerdos que preservan
los derechos humanos.
Este modelo alternativo
contiene reglas desiguales para un mundo desigual,
respeta el derecho de los países a asumir
el patrón de desarrollo que más
le convenga, privilegia a las economías
más pequeñas, no reconoce el patentamiento
de formas de vida y sobre todo es absolutamente
transparente.
Comercio Justo y Solidario es
respetar la soberanía
de las naciones y los pueblos, sin imponer condiciones
políticas, económicas o militares
que vulneran el ejercicio de la democracia y los
derechos humanos. En el comercio justo, el Estado
Nacional tiene el derecho de regular los servicios
básicos bajo criterios de servicio social
y no de lucro, y controlar los sectores estratégicos
de su economía a través de monopolios
estatales.
No planteamos un
modelo “anacrónico” o de otro
mundo; simplemente reclamamos el derecho
de las naciones pobres a recurrir al mismo modelo
de desarrollo que permitió a las naciones
del Norte llegar hasta donde han llegado.
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