Ponencia
presentada por el muralista WALTER SOLON ROMERO
a la
PRIMERA JORNADA MUNDIAL DE ARTE PUBLICO - MEXICO
1997
En Tlaxcala, México,
se realizó del 6 al 9 de noviembre de 1997
la Primera Jornada Mundial de Arte Público
y Muralismo con la asistencia de casi 100 artistas
de América Latina, Europa, Africa, Estados
Unidos y Asia.
En este evento el artista boliviano
Walter Solón Romero presentó la
siguiente ponencia.
LA
CONCIENCIA SOCIAL DEL MURALISMO.
Vengo del Ande, de
un país que sobrevive enclavado en la montaña,
en el corazón de la América del
Sur. Ya son mas de cincuenta años que práctico
este oficio de dialogar con el pueblo a través
de muros recubiertos de imágenes. Al finalizar
un milenio, después de una conquista que
trasciende los 500 años y que es la fuente
del mensaje gráfico que dejo sobre nuestro
pasado, presente y futuro, me permito resumir
en estas líneas algunas experiencias y
opiniones que he forjado en este oficio de pintor.
El muralismo y el arte público
están en crisis, cada vez somos menos los
pintores muralistas y cada vez son más
los muros anodinos que no dicen nada.
¿Por qué está
al borde de la desaparición el muralismo
y el arte público? ¿Qué podemos
hacer frente a esta realidad? Estas son las cuestiones
que nos preocupan a los muralistas que nos hicimos
al calor de la insurgencia latinoamericana.
Pero antes de analizar esta problemática
es necesario clarificar algunos términos:
¿Qué es el muralismo ?, ¿de
que estamos hablando ?, ¿simplemente de
grandes pinturas adheridas a un muro o estamos
hablando de un poderoso instrumento de concientización
colectiva?
Por un lado, el muralismo es una
tarea que exige un profundo conocimiento de oficio,
es al mismo tiempo arte y artesanía en
las diferentes técnicas que emplea para
construir sus imágenes. El muralismo no
es echar un balde de pintura sobre un muro blanco.
Aun en sus expresiones mas abstractas, el muralismo
es un oficio que exige un estudio y un manejo
metódico de las diferentes técnicas,
procesos y materiales que emplea.
De otra parte, el muralismo es
una empresa económica por el trabajo, el
tiempo y los recursos que consume para su realización.
Esta es la razón por la que en general
el muralismo es un arte que se hace por encargo,
a pedido en especial de las instancias públicas
y en algunos casos privadas. En la mayoría
de los casos el muralista pinta murales cuando
se lo piden, cuando le garantizan su empresa económica
que consume meses y hasta años. Este es
uno de los aspectos mas críticos y conflictivos
del muralismo. ¿En qué medida las
instituciones públicas y privadas están
hoy dispuestas a financiar esta expresión
artística? Y en caso de hacerlo, ¿qué
clase de “pintura mural” desean promover?
Esto nos lleva al tercer componente
y para mí el más importante de la
pintura mural : su carácter concientizador
a nivel social. El muralismo, el más antiguo
en la expresión del hombre, siempre buscó
dialogar y conversar reteniendo pasajes históricos,
relatando fábulas y leyendas, reviviendo
hechos y fantasías para cuestionar y confrontar
nuestros pensamientos y nuestros sentidos.
Estoy convencido que la principal
función del muralismo no es decorativa
sino comunicacional. El principal objetivo de
un muralista es hacer hablar a las paredes para
promover factores de comprensión y de cambio.
Para ello el muralista investiga, estudia, crea
y recrea la realidad histórica y social,
empleando imágenes y símbolos accesibles
al público, al hombre de la calle. El muralista
no piensa fundamentalmente en sí mismo
cuando realiza su obra de arte, sino en los demás,
en los otros, en las multitudes a las cuales está
destinado su mensaje.
En nuestros días, muchas
veces lo que queremos comunicar en imágenes
no se ajusta a los intereses de las instituciones
que financian los murales, por eso prefieren dejar
los muros en blanco, o decorar con enormes cromos
fotográficos, o recurrir al onanismo de
un artista que se presta a jugar con elementos
plásticos y engendrar un mural inexpresivo.
Si de adornar rascacielos se trata
hay medios mas económicos y menos conflictivos
que el muralismo. Por eso son cada vez menos los
murales que se realizan en nuestro tiempo.
El muralismo es una disciplina
que tiene muy pocos adeptos en las escuelas de
arte, en parte porque nuestros jóvenes
estudiantes de arte absorbidos por un mercado
de consumo, prefieren el fácil acceso a
la celebridad con el espaldarazo de una crítica
interesada, al servicio de una prensa casi siempre
controlada por quienes actualmente lo manejan
todo y determinan lo que les parece conveniente.
¿Y qué decir de
los profesionales de la cultura que afirman que
el muralismo y el arte público en general
es siempre político, y que no debe ser
tomado en cuenta en los eventos de artes visuales?
Al extremo de negar su existencia en países
como el mío donde hace cincuenta años
está vigente y se lo ignora deliberadamente
manteniendo cerrados los edificios donde fueron
pintados.
Se nos dirá también
que esta disciplina ya no se adecua al mundo actual
en el que vivimos; que la felicidad lograda por
unos pocos merece un mensaje festivo, sin contenido
alguno, inocuo, simplemente decorativo para una
minoría que sólo pretende acceder
a los dictados de la moda y a los marchands de
las galerías o al juicio de una crítica
interesada.
¿Para qué conflictuarse,
dirán, con imágenes de nuestra realidad
en cuadros y murales, si las mismas vivientes
y reales ya decoran nuestras calles y plazas?.
Los más despistados podrán afirmar
que el momento actual ya no tiene por qué
recurrir al muralismo, menos al arte público,
a no ser que no diga nada, porque el mundo políticamente
está cambiando y los problemas sociales
están en vías de ser superados haciendo
perder su razón de ser al muralismo tal
como lo conocemos.
Olvidan o tratan de ocultar que
ingresamos a un nuevo milenio con el problema
universal más grande de la humanidad: la
expansión del hambre y la miseria que acentúan
una injusta distribución de la felicidad.
Un muralista enfrenta un dilema:
ser fiel a su vocación y conciencia o sucumbir
a las presiones del sistema.
La Pintura Mural como una de las
disciplinas de un arte público masivo es,
a no dudarlo, una tarea que exige posición,
entrega total a un propósito comunicacional
frente a los cambios de nuestra sociedad.
No es fácil andar esparciendo
imágenes en muros y paneles. Las vicisitudes
del muralismo y del arte público en general,
suponen siempre un desafío a la adversidad
y la denuncia de la falacia institucionalizada
constituye siempre un peligro.
Ayer en mi país fueron
intereses de seguridad del Estado, impuestos desde
fuera, los que nos impidieron denunciar la injusticia
y soportar la cárcel y exilio durante las
negras dictaduras. Hoy es el ajuste estructural
el que pretende comprar conciencias por un pedazo
de pan. Muchos artistas de América del
Sur, nos conocimos en el exilio: escritores, músicos,
pintores, cineastas, canta autores, compartimos
esta dolorosa experiencia que al final nos sirvió
para unirnos y crear una conciencia que hoy nos
fortalece. Las presiones y persecuciones contra
los muralistas siempre existieron y no veo por
qué ahora no se puedan enfrentar y sobrellevar
como en el pasado. Nadie, sin renunciar a la propia
libertad creadora, se someterá a los innumerables
condicionamientos de quienes controlan el qué
y el cómo decir de esta realidad en que
vivimos.
Pero, el problema mas conflictivo
que soporta hoy en día el artista y el
muralista de nuestros tiempos no es tanto externo
sino interno a su persona: la desilusión
y el desengaño que dan paso al pragmatismo,
la falta de confianza en su mensaje, la perdida
de utopías... En otras palabras, el muralismo
está en crisis porque los muralistas están
perdiendo la fe.
Podemos entender por qué
muchos abandonan sus antiguos ideales, podemos
explicar por qué la resignación
se antepone a las utopías, podemos comprender
muchas cosas, pero nunca las podremos justificar.
Los muralistas, y el arte público
en general, tenemos mucho que decir sobre esta
realidad. Los pueblos, las etnias de mi país,
como las nubes en el cielo desaparecen o emigran
a las ciudades para sobrevivir en zonas marginales.
Quienes amasaron la piedra para esculpir Tihuanacu,
Samaipata o Machupichu, sólo están
presentes en lo que hicieron hace siglos.
El plan globalizador impuesto
desde arriba, ha creado sombras en la mitad de
esta esfera que gira en un solo sentido al ritmo
egoísta de muy pocos. La tierra no es de
quién la trabaja, el aire ha enceguecido
a las estrellas; en el agua de los ríos
y los lagos ya no respiran los peces; los árboles
ya no guardan los nidos de los pájaros;
en los bosques sólo quedan raíces
que nunca darán frutos. Preguntémonos
¿por qué? y tendremos la respuesta:
pocos, muy pocos se beneficiaron a través
del avance tecnológico con la extracción
de riquezas, el progreso se olvidó del
hombre y su entorno.
Hay mucho que decir, hay demasiadas
injusticias que denunciar, innumerables atropellos
que combatir. No podemos callar y desafiar la
adversidad con las manos cruzadas frente a un
mundo que se devora a sí mismo. No podemos
esperar a que se aclaren nuestros paradigmas mientras
decenas de miles de hombres y mujeres enfrentan
el avance de un modelo que deja desolación
a su paso.
El arte - sea música, literatura,
canto, artes gráficas o muralismo - tienen
su impacto directo para platicar con el pueblo
cuando éste se siente acosado por la injusticia.
El muralista tiene un compromiso
con la historia para evitar que la memoria popular
sea sólo ceniza del pasado. Pintamos para
que no se olvide, para encender la llama del recuerdo,
para refrescar la conciencia de los jóvenes
que no vivieron el pasado inmediato, para cuestionar
las mentiras de los testaferros del presente que
hacen pasar a los tiranos del ayer por las grandes
figuras de nuestros tiempos.
La verdad no es un mito, es la
sombra de los actos en la historia y es la causa
por la que pintamos en las paredes el retrato
de los pueblos.
Pero la conciencia social del
muralismo no está sólo en su capacidad
de denunciar los atropellos del presente y en
reafirmar la historia por encima de la impunidad.
La conciencia social del muralismo también
está en su capacidad de soñar, de
imaginarse un mundo distinto, de pensar una nueva
realidad.
Si los muralistas no asumimos
nuestro compromiso con el mañana, si renunciamos
a nuestra obligación de generar utopías,
entonces habremos condenado al muralismo a su
muerte. En estos momentos de desconcierto ideológico,
de confusión política, se requiere
más que nunca de la capacidad visionaria
del artista. No podemos permitir que nuestros
sueños desaparezcan a la hora de despertar.
Si hemos perdido la fe en los mitos del pasado,
entonces construyamos nuevos sueños.
Todos hemos visto a este mundo
rodar por el despeñadero de la historia:
guerras, revoluciones, frustraciones, victorias,
derrotas... ¡Todos tenemos experiencias
para recrear la utopía de la humanidad!
Este es nuestro desafío como muralistas.
No niego ni olvido las adversidades
y limitaciones que debemos enfrentar y que he
mencionado en esta ponencia, pero estoy convencido
que la crisis del muralismo es la crisis de un
compromiso.
Este compromiso debemos reconstruirlo
y para ello no son suficientes las palabras. Es
necesario discutir y aprobar resoluciones concretas
en esta Primera Jornada Mundial de Arte Público
y Muralismo. Medidas que empiecen por el impulso
a la pintura mural en las escuelas de arte. Concientizando
y forjando al estudiante en el duro y comprometido
camino del oficio, la técnica, y la artesanía
del muralismo. El arte es paciencia y en especial
lo es la pintura mural. Sin esfuerzo y perseverancia
no se realiza ningún mural. Es esa paciencia
y constancia la que debemos inculcar a nuestros
estudiantes.
El contacto con el pueblo debe
realizarse de manera permanente en las escuelas
de arte para que nuestros jóvenes artistas
se adentren en el alma del pueblo, que es el espíritu
del muralismo.
Hay que hacer que el muralismo
adquiera carta de ciudadanía en los concursos,
bienales y salones de Artes Plásticas,
promoviendo el boceto y el proyecto como base
de la pintura mural.
A nivel técnico debemos
explorar y desarrollar algunas alternativas para
promover el muralismo apelando a los paneles transportables
y a las artes gráficas que nos permiten
obtener reproducciones de grandes dimensiones.
Debemos propender a una integración
de las Artes Plásticas para que el creador
arquitectónico destine espacios para la
escultura y paredes para la pintura mural, evitando
que siempre tenga que pintarse en edificios ya
construidos sin proyecciones visuales.
Tenemos que establecer en nuestros
países contactos conducentes a la creación
de un frente destinado a la producción
de un arte público a través de un
movimiento de concientización que incluya
a artistas, escritores, sindicalistas e intelectuales
que no están dispuestos a sucumbir ante
la injusticia y la corrupción, que buscan
defender este mundo de la destrucción de
unos pocos, y promover la aspiración colectiva
de la consecución de un mundo mejor para
todos.
Por último, a nivel mundial
debemos promover el intercambio de experiencias
y la coordinación de actividades conducentes
a fortalecer la conciencia social del muralismo.
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