Evocación
de Nueva York.
Después de un viaje fantástico
por el extenso territorio mexicano, de pintar
su pasado y presente, conocer a sus gentes por
lo que son y tienen y participar del orgullo que
sienten por su tierra al lado de un coloso como
los Estados Unidos, quise visitar este país.
Sabía que durante la depresión,
Edsel, Ford y Rockefeler, utilizaron el modelo
de los trabajadores del muralismo mexicano para
salvar a sus artistas como obreros de su desastre
económico. Sabía de la política
del buen vecino y las muestras del arte de México
y también sabía de la expresión
de los artistas chicanos por recuperar su herencia
cultural. No podía estando tan cerca dejar
de darme un escape a Nueva York.
Llegué un atardecer de invierno cuando
la ciudad se pinta de blanco y clava sus rascacielos
en las nubes más altas del frío.
La nieve caía lenta, silenciosa y transparente
como una cortina que se disuelve en la nada para
dejarnos ver un paisaje de cemento y hierro que
se dibuja en la noche.
Esa fue mi primera impresión
de Nueva York. Manhatan que fuera comprada en
1626 por 14 dólares y unas baratijas a
los indios que la habitaban, era ahora la capital
del mundo y el centro internacional de los grandes
encuentros. Su tamaño era incomparable
con otras ciudades que había conocido:
sin embargo el denominador común era el
hombre cuya palabra se confundía en idiomas
e idiosincrasias diversas que en su afán
de hacerse comprender, enmudecían ante
la magnitud de su propio silencio.
Es entonces cuando acuden a mí un sin fin
de reflexiones y recuerdos. El Arte Contemporáneo
Latinoamericano, que había sido considerado
de segunda clase en relación al Arte Europeo,
cobra gradualmente importancia en los Estados
Unidos. De este modo, México con los grandes
de la pintura llega al público norteamericano,
aunque en su período pre muralista, sin
ningún atisbo ideológico. Sólo
más tarde Rivera y Siqueiros conformarán
un movimiento de pintores que incluyen lo polémico
y lo político en la pintura, a diferencia
de Tamayo que convence más a la crítica
por su universalismo popular.
En nuestra América del Sur había
pasado el indigenismo de Sabogal y de Guzmán
de Rojas, un costumbrismo de estampa se dejaba
apreciar como documento folklórico en ambientes
vacíos.
La preocupación por conceptos en el arte
plástico me llevó a realizar una
pintura de mensaje público efectiva en
los frescos y murales de Sucre y la creación
del grupo “Anteo”. En La Paz, gracias
a la revolución de abril, también
se habían pintado murales.
Por esa entonces, llegó a La Paz una autoridad
de la Unión Panamericana: José Gómez
Sicre que logra entusiasmar a una gran mayoría
de los pintores con un informalismo abstraccionista
en contraposición a un realismo social
producido por un reducido grupo de pintores muralistas
que habían definido su posición
contestataria. Ese es el panorama de la pintura
en Bolivia que actualmente se mantiene, naturalmente
con algunos cambios dado el tiempo transcurrido.
Estos recuerdos y reflexiones nos sirven para
conocer y penetrar en el panorama artístico
neoyorquino.
Caminando por Manhatan junto con colegas latinoamericanos
visitamos galerías y comentamos sobre lo
que se hacía en Nueva York. El mercado
del arte se había constituido en un negocio
sólo para grandes inversionistas que desarrollaron
las grandes subastas Salhebi Parque Benet. El
gran público sólo podía acceder
a excelentes copias que en grandes tirajes de
imprenta exponían las innumerables galerías.
La obra de los grandes maestros
estaba en los depósitos de los bancos esperando
mejores precios. El éxito de un pintor
estaba en la inversión que se hacía
para su promoción, aunque este fuera malo.
Las galerías vinculadas a las legaciones
o embajadas sólo servían para exponer
ya que la crítica era considerada indulgente;
el pintor profesional debía arriesgarse
a una galería de su propio nivel aunque
el costo fuera elevado. De todos modos, eran los
museos los que brindaban un real panorama de las
artes visuales, con ciertas reservas por supuesto.
El Metropolitano nos puso en contacto con los
grandes maestros, el de Arte Moderno, el Whitney,
el Guguenheim, nos hacían pensar que la
vanguardia en la expresión muchas veces
estaba en la audacia y la aventura.
En una galería del centro me encontré
con María Luisa Pacheco, quedamos en vernos
en su taller un día pero se produjo un
desencuentro. Con quién me vi con frecuencia
fue con Roberto Guardia Berdecio, pintor boliviano
radicado en México que fuera secretario
ejecutivo del sindicato de pintores muralistas
(falleció en La Paz el año pasado);
con los hermanos Terrazas, Walter que hacía
una pintura un tanto geométrica; con Alfredo
Da Silva pintor abstracto. En fin sería
largo enumerar a todos los pintores latinoamericanos
con quienes compartimos nuestras observaciones
de esta gran metrópoli.
Allí por esos años expuse la muestra
que ustedes ven juntamente con una exposición
blanca de acrílicos, Ahí reaparece
el Quijote y San Francisco como el hombre de la
Mancha y sus angustias. Hace poco volví,
encontré una ciudad, Nueva York, diferente.
Con quién comentábamos del tiempo
al comprar un boleto de tren era ahora una máquina
sin voz y sin alma que te entregaba el boleto
por una ranura. La amistad del hombre convertido
en una máquina que ni siquiera te mira.
Quienes conocieron la serie del
Quijote, me pidieron que dibujara el quijote en
Nueva York. Sería una serie interesante
mostrando su soledad frente al frío metal
de una máquina cualquiera, es una promesa
que la cumpliré algún día
Walter Solón Romero.
La Paz, Octubre de l998.
|