UN MURAL IMPRESIONISTA
SON siempre dos las preguntas que fundamentalmente nos inquieta frente al ministerio de la obra de arte; quisiéramos comprender, primero, cuál es el mensaje del artista y quisiéramos, en segundo término, con esa irreprimible necesidad de conocimiento lógico que acicatea a la mente humana, ubicar al artista y a su obra en el panorama general de la Cultura. Este es, en el fondo, todo el problema de historicidad del Arte; el ser humano (terriblemente histórico en cuanto limitado por la muerte) necesita que el Arte (que es in se abstracto y suprahistórico) descienda al plano de la Historia; igual que el creyente espera, en el milagro, la humanización de lo divino.
El contenido mural pintado por Walter Solón Romero para la Escuela Nacional de Maestros no es especialmente novedoso; es la antigua agonía entablada entre la materia y el espíritu; la esclavitud a la ignorancia, a la mina y a la máquina que culmina en el pesado gris de la armadura de un guerrero ciego y feudal, vencida por el choque con Don Quijote (la liberación por el espíritu) y su paulatina transformación en la justicia y en la paz de una vida fecunda presidida por el Maestro, un clásico, bello y sereno Sembrador.
Lo que en Walter Solón Romero es siempre novedoso, cada vez más fuerte y más abstracto (vale decir, más puro, menos histórico, más eterno) es la técnica de su plástica, la depuración de sus medios expresivos: no olvidemos que el Arte no es ni pretende ser otra cosa que expresión. Creo que Walter Solón Romero pertenece, por su técnica, a la escuela expresionista: ese gran movimiento espiritual que, desde la segunda década de este siglo, preconiza un renovamiento del Arte y de la vida que arranca de la intimidad del alma humana; mirando este su reciente mural con ojos que pudiéramos decir baratos alguien pudiera pensar que él tiene un contenido social. ¡Odiosas palabras! Los artistas del expresionismo (y Walter Solón Romero lo es, acaso sin saberlo) no tratan de decir nada sino que aspiran a emitir el grito primitivo surgido de su más profunda naturaleza; este es Arte de la verdad humana, los problemas sociales son apenas incidentes de la Historia. Los Caballos Azules de Marc, las Hijas de Lot de Hoffer, la Soledad de Chagal, son los legítimos antecedentes de la ubicación cultural de este nuestro magnífico pintor a quien pedimos únicamente liberarse cada vez más de lo histórico que es, apenas, lo perecedero.
FERNANDO ORTIZ SANZ
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