BELLAS ARTES.-
SOBRE EVOLUCION PICTORICA
(Fiesta de la aparición de la Virgen en Méjico en 1531)
Gabriel Bracho, pintor venezolano, que exhibe en la sala Pacífico, tiene estrecho parentesco con Pedro Lobos y lo tiene también con Solón, y lo tendrá sin duda alguna con muchos otros pintores o dibujantes que ven la naturaleza o a sus modelos en una forma caricaturesca o desequilibrada.
Hay dos causas para verla así, o bien una enfermedad de la vista o bien un deseo de seguir una ruta determinada que se llama de avanzada. La primera de estas causas, aunque sus resultados sean de escasa estética, pueda ser digna de respeto, porque proviene de un defecto físico. Pero la segunda ya no lo es tanto, porque es simplemente una actitud determinada, que podría considerarse un antifaz detrás del cual sonreiría el propio artista que hace eso, porque las más de las veces no es sincero, y produce entonces una obra que es un engaño para todo el mundo, empezando por engañarse él mismo.
Vengo observando a estos pintores hace ya mucho tiempo, y tuve ocasión de observarles también en Europa. Creo que sólo se trataba de personas snobs, que en un afán de romper con los moldes conocidos, querían buscar otros derroteros para el arte, los que fueren y entonces pintaron así con un fervor y con una devoción sin duda alguna conmovedores.
Esta evolución, para darle el nombre preciso y serio, partió de la bonísima inspiración de atajar la ola impresionista que sólo tomaba en cuenta la mancha de color y no la forma. Pero no hubo equilibrio en esta cruzada, sino que los propios evolucionados prescindieron de la base vital de la pintura, el color, para volverla una cosa sin sabor y sin el motivo para la cual había sido creada, o sea para un deleite noble y estético de los hombres, en general.
De lo que fue cubismo, solamente, se pasó a las exageraciones más grandes, todo en nombre de dar volumen al impresionismo, que produjo cosas tan bellas en pintura, por medio de los pinceles de los que se llamaron Renoir, Manet, Monet, Degas, Pissaro, Sisley y otros. Vinieron detrás de éstos, los post impresionistas, también muy interesantes, pero en esta escala de valores, se desvalorizó entonces la evolución, que ya fué una especie de locura producida siempre por un afán evolutivo caído ahora en la degeneración de la estimable idea primitiva.
Dos pintores fueron los números de fuerza de esta pista circense de las evoluciones. Primero el solitario Cezanne, que solía “descuidarse” y producía cuadros impresionistas brutales y Picasso, ese andaluz despreocupado que se río de todo París
La locura llegó a tal extremo, que un grupo de pintores quería quemar el Museo del Louvre, porque no hacía falta, porque ya se pintaba demasiado bien en el mundo. Ni classicismo, ni romanticismo, ni realismo, ni impresionismo, ni nada. Todo estaba ya agotado. La fobia era contra la perfección, contra la maestría, contra eso de saber el oficio que a esos hombres les era muy odioso, cuando cuesta tanto aprenderlo, que se muere un artista, aprendiéndolo, como he oído decir a muchos, y como me escribía hace algún tiempo Fernando Alvarez de Sotomayor, que me decía: “viejo ya y estoy siempre aprendiendo el odifio”. Y me hablaba esto, uno de los retratistas o uno de los pintores más grandes y finos que tiene hoy el mundo.
Para que el pintor volviese a lo ingenuo, o para que esos hombres fueran de nuevo ingenuos en pintura, hicieron cuadros imitando a los primitivos. Era imposible hacerlos bien, porque esos cerebros o esas sensibilidades, con una carga ya de experiencia, de mundo pictórico, y en medio de un ambiente que en general no sentía aquello ni palpitaba con aquellos, se hicieron unos adefesios, de pastiches, que ni siquiera tuvieron el misticismo de la mano, sino simplemente un servil deseo impotente en un mundo que seguía su marcha fatalmente. ¿Como hacerlo tan bien como lo hacía un Cimabue, un Giotto, en Italia? Cómo hacerlo con el tembloroso misticismo con que pintaban una tabla los hermanos Van Eyck o una Virgen el divino Memling?
La ingenuidad de los evolucionados, resultaba una cursilería y la más grande de todas, la de querer y no poder, y si alguno salía por ahí con un talento mas claro de “pasticheur”, si se había adaptado mejor a esa manera de Flandes, de Florencia, de Holanda o de Venecia, la imitación servil se veía a las claras, y era imposible disimularla ante el ojo perspicaz y entendido, ante el ojo viajado. Y para el mismo público en general, éste no sabía qué de postizo o de cosa “parvenu” tenía aquello que repugnaba a la legua a todo espíritu de buen gusto.
Todo se ha hecho ya y se ha hecho demasiado bien! Era el grito que se oía y que se oye a menudo, y que hoy se oye menos, porque ya en Francia los propios jefes de escuela están convencidos de que debe volverse al equilibrio, algunos años ya perdido y que les ha costado encontrar de nuevo..
Pero es que hay algo que no se ha tomado en cuenta o que no tomaban en cuenta los evolucionados que vociferaban en contra de lo bien hecho, aunque esto supiera un absurdo. Y era el hecho de que no están llenos los museos de obras maestras, de obras perfectas, de obras magnas, y que muchos de esos museos, fuera de una media docena de telas consideradas grandes, en el estricto sentido de la palabra, lo demás es una especie de galería de documentos de los pasos de evolución porque ha pasado la pintura, y esto lo prueban unas palabras escritas en el prólogo del catálogo del Museo de arte contemporáneo de Luxemburgo de París, que dicen así, copiadas a la letra: “Nos hemos visto forzados a hacer un sitio a todas las tendencias de arte contemporáneo; muchas todavía no están representadas en esta selección que habríamos querido perfecta”. Firma estas palabras Charles Masson, conservador de este museo, en el tiempo en que se hizo este catálogo.
Todas estas cosas, sobre las que volveré a menudo se me han ocurrido viendo dos exposiciones. Una la de Gabriel Bracho, que sin duda tiene talento, como lo prueba en un boceto para un retrato de Gladis Tschowne, que podrá ser una obra equilibrada alejada por completo del resto de su exposición, con tendencia a la caricatura.
La otra exposición es la de Matta (Sala Dédalo), que exhibe unos dibujos coloreados que nos dan la impresión que han sido hechos para ilustraciones de un libro que trate de obstetricia.
No vemos los cuadros, porque estos están por hacer o por presentar. Posiblemente haya condiciones en él, pero no tenemos documentos que nos sirvan para informar una crónica de arte.
N. Y. S.