|
Miguel Lora Fuentes
El
12 de enero de este año el gobierno interrumpió
la primera experiencia privatizadora del agua en Bolivia a través
de un decreto supremo que instruye la terminación del contrato
con Aguas del Illimani Sociedad Anónima (AISA). El Presidente
Carlos Mesa tomó la decisión después de que
la subsidiaria de la transnacional francesa Suez Lyonnais des
Eaux se negara en dos oportunidades a revisar los términos
del contrato suscrito en 1997, y luego de que un paro vecinal
contundente de 72 horas le hiciera entender que ese acuerdo firmado
en los 90, el clímax neoliberal, había condenado
a 200 mil habitantes de El Alto a vivir sin servicios básicos.
Privatizaron
el agua en el país por imposición del Banco Mundial.
En un informe emitido en mayo de 1997, el Banco reconoció
el buen desempeño del Servicio Municipal de Agua Potable
y Alcantarillado (Samapa) "en términos generales",
pero condicionó su privatización a la renegociación
de la deuda externa de 1996 (1). Al mes siguiente, y luego de
entregar a la empresa casi medio millón de dólares
para que mejore su capacidad institucional y se sanee antes de
ser transferida, el organismo legalizó una adjudicación
irregular de los recursos acuíferos de La Paz y El Alto
a la empresa Aguas del Illimani (1). En los años siguientes,
el banco diseñó a medida un soporte institucional
que proteja a la nueva empresa: la Superintendencia de Aguas y
la Ley de Agua Potable y Alcantarillado Sanitario 2029, causa
directa de la Guerra del Agua de Cochabamba en el año 2000.
Los
ejecutivos del Banco prometieron que la eficiencia de los privados
reduciría la pobreza y mejoraría la vida de la gente.
Los ejecutivos de Aguas del Illminani predicaban que sólo
la administración privada de los servicios sería
capaz de reducir costos y por tanto beneficiar a los sectores
más pobres de la sociedad porque Samapa había dejado
de ser sujeto de crédito para la cooperación internacional.
(3). Pero los resultados fueron contraproducentes.
Desde
el año 2000 que los vecinos protestan periódicamente.
En febrero del 2003 incendiaron las oficinas de AISA en El Alto
repudiando la elevación de tarifas hasta niveles inalcanzables
sin que haya mejorado el servicio. En enero de 2005 otro levantamiento
inició la guerra por la nacionalización de los recursos
hídricos y obligó a las autoridades a reconsiderar
una vez más las recomendaciones del Banco Mundial, institución
que durante la década de los 90 diseñó e
impuso la aplicación de políticas hídricas
y de saneamiento básico orientadas a la privatización
como condición explícita para el desembolso de créditos
y asistencia técnica.
¿Qué
fue lo que falló?
A
ocho años de la concesión, los vecinos de El Alto
aseguran que Aguas del Illimani no tuvo la capacidad de cubrir
sus necesidades básicas y dan tres razones para repudiar
a la administración privada: el servicio de provisión
de agua potable y alcantarillado es más caro que antes;
no se expande como debiera porque a los empresarios no les resulta
"rentable" y el sistema "pro poor" (para pobres)
del Banco Mundial es poco efectivo. Eso sin contar que la inversión
comprometida no se cumplió y que se impusieron normas que
anulan la posibilidad de mantener los usos y costumbres alternativos
para acceder al agua.
1.
El experimento privatizador del agua de 1997 incluyó la
aplicación de un programa denominado "pro pobres"
del Banco Mundial, cuyo objetivo era ampliar la cobertura de agua
potable y alcantarillado en la ciudad de El Alto reduciendo los
costos de instalación y mantenimiento de las redes con
la ayuda de la mano de obra de los pobladores.
En
el caso de El Alto, el modelo consistió en la instalación
de tuberías de diámetro menor que pasan por medio
de las viviendas y que carecen de las tradicionales matrices,
un sistema de alcantarillado de bajo costo que muy pronto demostró
estar diseñado para ciudadanos de "segunda".
Los alteños que se acogieron al programa tuvieron que resignarse
a convivir con cloacas malolientes instaladas en sus patios.
Se
estimó que el costo de este sistema denominado "condominial"
sería de 335 dólares, 30% menos que la instalación
normal, pero en un período de cinco años los vecinos
terminaron pagando hasta 420 dólares si se contabilizan
sus aportes de material y mano de obra para la instalación
y mantenimiento de la "novedosa" red. (4)
2.
Antes de la privatización los precios de agua de uso doméstico
aumentaron casi 60%, la tarifa comercial subió 18% y 21%
la industrial; y en el momento de la concesión hubo otro
aumento de 19%. En general, desde el inicio de la experiencia,
las tarifas para los pobres subieron 35%, el costo de Conexión
de agua 16,4% (196 dólares) y el de conexión al
alcantarillado 38,3% (249 dólares) (5). Desde entonces,
la estructura tarifaria está dolarizada y es progresiva:
a mayor consumo el costo unitario sube; el ciudadano ya no se
beneficia con los 10 m3 de consumo libre que otorgaba Samapa antes
de la privatización.
3.
AISA ha cumplido con las metas de expansión del servicio
dentro del área servida, es decir en la zona atendida originalmente
por Semapa y que se encuentra dentro del área de concesión.
El problema es que El Alto se ha expandido en los últimos
años y AISA sólo está dispuesta atender a
las zonas fuera del área servida si los vecinos cubren
todos los costos o si se consigue financiamiento externo. Aunque
su contrato indica que la concesión abarca a los municipios
de La Paz y El Alto, cuyos límites están definidos
por la Ley de Participación Popular, AISA afirma que las
áreas peri-urbanas se hallan fuera de sus obligaciones
contractuales, dejando de esta manera a más de 130 mil
ciudadanos de El Alto sin posibilidades reales de acceder al servicio.
Por otro lado, se calcula que 68 mil personas que viven entro
del área servida tampoco acceden al servicio por el elevado
costo de la conexión, que en total asciende a 445 dólares
(6).
Razones
de cambio
La
experiencia confirma que la privatización aumenta las tarifas,
aunque no necesariamente mejore el servicio; esto porque los intereses
económicos de una empresa privada no coinciden con los
de la sociedad. Es por eso que la empresa privada no está
en condiciones de administrar un servicio público esencial
como la distribución de agua, especialmente en zonas pobres.
En
el caso alteño, las ganancias de la gestión del
agua tendrían que ir en beneficio colectivo porque no es
éticamente aceptable que individuos privados obtengan réditos
a partir del patrimonio común de gente necesitada. Por
tanto, es necesario organizar una empresa pública cuyo
objetivo central no sea abonar la cuenta bancaria de un empresario
sino expandir la red de agua potable y alcantarillado, explican
los dirigentes de la Federación de Juntas Vecinales de
El Alto (Fejuve).
Los
alteños piensan en una Asociación Civil Público
Social que conciba a las fuentes y sistemas de agua potable y
alcantarillado como bienes de dominio público, que cobre
sólo por los costes de mantenimiento y mejora del servicio
e intente compatibilizar la rentabilidad con objetivos sociales
y ambientales.
El
agua, explican, no puede ser comparada con ningún otro
recurso natural porque es un bien de consumo básico universal,
esencial para la vida, insustituible y sobre todo escaso en cantidad
y calidad. Por su importancia, no parece conveniente exponerla
a presiones, reglas y leyes del mercado como ocurre con los otros
recursos naturales. Más bien se requiere de una nueva forma
de gestión orientada a la conservación y dirigida
por la comunidad, no por la empresa privada.
Para
la administración privada el ahorro, el uso racional y
cualquier política tendente a la disminución del
consumo entra en contradicción con sus intereses, ya que
sus beneficios dependen de la facturación de la mayor cantidad
posible de agua. En El Alto, esta contradicción ambiental
ha quedado en evidencia y se ha convertido en un verdadero obstáculo
para la expansión del servicio. Los empresarios se resisten
a invertir en planes de expansión porque consideran que
los alteños son pésimos consumidores. AISA explica
que los cinco millones de bolivianos anuales obtenidos por el
servicio no cubren sus gastos operativos (7).
Los
dirigentes de la Fejuve recuerdan que en el mundo sólo
cinco por ciento de los sistemas de agua potable están
privatizados. Según datos del Banco Mundial, Bolivia es
uno de los pocos países cuyo sistema de agua mantiene participación
privada. Y si el Estado tramita donaciones y créditos blandos
de la cooperación internacional para que una transnacional
privada cumpla con las metas de expansión, ¿por
qué no podría gestionar los mismos créditos
a favor de una empresa pública, que por lo visto no es
una rareza de museo?, se preguntan los alteños.
AISA
informa haber invertido en total 68 millones de dólares,
72% de los cuales provino del crédito: el Banco Interamericano
de Desarrollo (BID) aportó 15 millones de dólares;
la Corporación Andina de Fomento (CAF), 10 millones; el
Banco Mundial vía IFC, 15 millones y otras fuentes no identificadas,
12 millones. Y el peso de los créditos concesionales canalizados
a través del Estado podría ser aún mayor
si se considera que la Superintendencia de Saneamiento Básico
calcula que entre 1997 y 2004 las inversiones totales de la empresa
sumaron sólo 54.7 millones de dólares.
Antes
de intentar siquiera la renegociación de los créditos,
el gobierno de Mesa y los alcaldes de La Paz y El Alto descartan
la conformación de una empresa pública que se encargue
de la gestión del agua por una simple razón: la
cooperación internacional no está dispuesta a financiar
experiencias de este tipo y por tanto la distribución de
agua "necesita sí o sí" de la inversión
privada. Su argumento es sencillo: el Estado, imposibilitado de
financiar grandes obras de infraestructura, requiere del capital
rivado para poder operar y expandir las costosas redes de agua
potable y alcantarillado.
La
noche del jueves 3 de marzo, funcionarios de la cooperación
internacional -BID y cooperación alemana- negaron rotundamente
cualquier apoyo a una empresa pública. Basándose
en esta oposición, José Luis Paredes volvió
a los medios para seguir con su prédica de que no hay otra
alternativa que volver a entregar el agua a la inversión
extranjera "por que somos pobres, porque necesitamos que
(la cooperación internacional) nos regale plata",
dijo. Como contrastando con esta postura, un dirigente de El Alto
aclaró "la cooperación internacional ayudó
a El Alto porque es una ciuda pobre y una vez que se consolide
nuestra empresa pública lo seguirá haciendo porque
esas ayudas responden a políticas de los Estados, principalmente
europeos, que no han sido revisadas. Lo que pasa es que ante la
contundencia de nuestras medidas los personeros locales de la
cooperación internacional intentan amedrentarnos, pretenden
intimidarnos".
Por
su parte el Banco Mundial afirma que su principal preocupación
es que los pobres de los países en desarrollo accedan a
servicios de agua de buena calidad, "lo que se puede lograr
a través de alianzas en el sector privado o en el sector
público o entre ambos, o bien mediante asociaciones con
organizaciones de la sociedad civil". Según el Banco,
el plan que se escoja depende de la realidad cultural, política,
económica y social del país en cuestión (8).
Falta
voluntad política
Por
lo acontecido después del 12 de enero, la supuesta imposibilidad
de conformar una empresa pública del agua se explica más
por la falta de voluntad política que por razones técnicas
o financieras.
El
14 de enero, dos días después de la publicación
del decreto que puso fin al reinado de Aguas del Illimani, representantes
del gobierno, de la Superintendencia y los alcaldes de La Paz
y El Alto acordaron iniciar inmediatamente la transferencia de
AISA a Samapa en un tiempo máximo de tres meses, y hasta
que se conforme la nueva empresa.
Sin
embargo, días después los alcaldes y el gobierno
cambiaron de posición, olvidaron su compromiso de fortalecer
Samapa y salieron con la propuesta de conformar una empresa mixta.
El gobierno explicó que la transferencia a Samapa era un
proceso lento y engorroso, aunque los ex trabajadores de la empresa
municipal informaron que cuando se privatizó el servicio
el traspaso de Samapa a AISA no tardó más de una
semana.
El
gobierno emitió el 12 de enero el decreto que instruye
la terminación del contrato, pero ya han pasado más
de 50 días y no hay visos de que se cumpla el compromiso.
Es más, el superintendente de Saneamiento Básico,
Erico Navarro, comunicó que la terminación del contrato
con Aguas del Illimani demoraría entre seis y siete meses
y que el alejamiento definitivo tardaría hasta dos años.
Navarro anuncia la realización de auditorías técnicas
y financieras que develen si Aguas del Illimani cumplió
o no su contrato y cuánto invirtió, pero no habla
de una auditoría de activos fijos.
Promete
licitar esas auditorías dentro de un mes y medio y adelanta
que en función de los resultados es posible que Aguas del
Illimani se quede como prestadora del servicio.
En
el fondo, los alcaldes Del Granado, Paredes y el Presidente Mesa
desconfían de los proyectos públicos porque son
"inviables" desde el punto de vista del Consenso de
Washington, y se animan a apoyar públicamente la controvertida
propuesta del alcalde alteño. Paredes no sólo plantea
crear una "empresa mixta" en la que el capital privado
tenga mayoría sino que insiste en mantener a Aguas del
Illimani como accionista mayoritaria. Según su propuesta,
la transnacional controlaría el 35%, mientras que los empresarios
privados nacionales tendrían 20%.
Del
Granado se considera uno de los baluartes de la nueva izquierda
boliviana y Paredes invierte miles en construir una imagen de
político pro social. Pero cuando ambos tienen la oportunidad
de demostrar en la práctica que existe una forma de administración
alternativa al capitalismo huyen y, lo que es peor, entierran
la posibilidad de que la empresa del agua vuelva a manos de la
comunidad.
Notas:
1
Documento de la supervisión del crédito 2187-BO
del Banco Mundial.
2
A través del DS 24663 emitido tres días antes de
la licitación pública internacional se ajustó
los procedimientos para la participación privada y se concedió
al Ministerio de Capitalización facultades para cambiar
las reglas del juego, alterar esencialmente las condiciones y
los términos de referencia. El 30 de junio de 1997 el Superintendente
de Aguas nombrado ese mismo día adjudicó la concesión
al único proponente, AISA, pese a que el Sistema de Administración
de Bienes y Servicios para el sector público vigente indicaba
que en caso de existir menos de tres propuestas en la primera
convocatoria, la comisión se debía suspender el
acto y declararlo desierto. De esta manera la SISAB cerró
un negocio que más tarde demostró ser inviable desde
el punto de vista social.
3.
Eso declaraban a la prensa entre julio de 1998 y octubre de 1999
Arnaud Bazire y Alain Carbonel, ejecutivos de AISA, y decenas
de funcionarios estatales. En la actualidad, 2,5 millones de bolivianos
no tienen agua potable en sus viviendas. 4,7 millones carecen
de alcantarillado.
4.
Manejo Jerárquico de las diferencias y Biopolítica
en el Enfoque "Pro-Poor" del Agua y Saneamiento, Carlos
Crespo, 2002.
5.
Una resolución firmada por el ex superintendente Johnny
Cuellar indica que las nuevas tarifas de conexión comenzaron
a regir el 1 de enero de 2002.
6. En base a información proporcionada por Aguas del Illimani,
el ex superintendente de Saneamiento Básico, Franz Rojas
Ortuste, calculó que al menos 68.400 personas carecen del
servicio pese a que viven en barrios en los cuales existe red
de agua potable. Además, el 16% de la población
de todo el municipio de El Alto (casi 130 mil personas según
las proyecciones del INE para el año 2005) no acceden a
los servicios básicos de agua potable y alcantarillado
sanitario.
7.
Se calcula que en la ciudad de La Paz se consumen 140 litros por
habitante al día, mientras que en El Alto el índice
de consumo sólo es 44 litros diarios. En la próxima
década la demanda de agua aumentará en un 20% en
ambas ciudades.
|